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Una Puerta a la Palabra Abril 2019

Un amor sin límites

Para comprender mejor la vida, dicen algunos, es necesario sufrir, y el sufrimiento más grande fue aquel que experimentó Jesús en la cruz, cuando no solo moría, sino más bien se entregaba por la salvación de la humanidad. Esa sigue y seguirá siendo la prueba más grande de amor. Una muestra tan grande de amor nos impulsa necesariamente a buscar comprender la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Por supuesto, no se trata de verla como un mero hecho histórico que acostumbramos recordar cada año; se trata en cambio de saber que la muestra de entrega más grande que conoce la humanidad proviene de la iniciativa de Dios. “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. (Juan 3, 16)

Con este acto sublime de amor, Dios se hizo hombre para poder comprendernos y así redimirnos con su entrega en la cruz. Hubiera sido sencillo para él señalar al pecador y le hubiera brindado la ventaja de ‘alejarse’ de quien le causaba ‘incomodidad’. Él siguió en cambio el camino de la salvación con nosotros, la salvación entre nosotros. Pero sería un sinsentido decir que Jesús murió y ahí acabó su misión; por eso hay que dejar que él actúe en nuestra vida y descubrir que la de Cristo no fue una muerte absurda, sino un sacrificio por amor.

Para descubrir el verdadero sentido de ese gran amor, plasmado claramente en la Semana Santa, es necesario reconocer en primer lugar que Jesús es Hijo de Dios, ya que probablemente nuestros actos nos hacen olvidarlo. No se trata de que hagamos un simple reconocimiento de palabra e implica en cambio que nuestra vida debe ser una expresión profunda de la fe que profesamos, de forma que cuando otros pongan sus ojos sobre nuestra vida puedan decir siempre, tal como lo hizo el centurión: “Verdaderamente este hombre era hijo de Dios”. (Marcos 15, 39)

Tampoco podemos quedarnos únicamente recordando el sufrimiento de la cruz y olvidando que el gran dolor de aquel madero no tendría sentido sin la resurrección, y que esa es precisamente la gran razón para vivir felices. Por eso, hay que buscar que la pascua que este año vamos a vivir sea el paso del pecado a la salvación y que desde nuestra experiencia personal podamos proclamar “Señor mío y Dios mío” (Juan 20, 28), anunciando con nuestra propia vida que Jesús no está muerto, ¡ha resucitado!

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