Desde muy pequeño he escuchado la palabra Santidad, un término que lo vemos asociado a la Iglesia y personas de una época concreta y pasado, que tal vez, no tiene nada que ver con la nuestra, en momentos nos sentimos identificados y orgullosos si se conoce la persona o es del propio país. En algunas ocasiones cuando se escucha “ser santo” o “santidad”, pensamos en una idea distante, lejos de nuestra realidad y de la vida que se tiene, es como si se guardara una alienación en relación con él. Y no puede ser así, porque ser santo es asumir la propia realidad, lo que se es y tiene, es vivir en medio de lo que se hace, reconociendo la debilidad y la necesidad de Dios, de hacer el bien, en una sed de justicia y de amor para el mundo y de dar la vida en generosidad. Recuerdo en estos momentos unas palabras que dicen “no se conoce un santo sin su pasado”, de aquí que pueda afirmar la santidad como una convicción y experiencia de vida que se tiene y donde se transforma la vida, donde se nace de lo alto, tal como le pedía Jesús a un hombre llamado Nicodemo (cf. Juan 3).  

Con lo anterior, puedo afirmar y definir la santidad: 1. Como una invitación a vivir y hacer el bien, en una sed ardiente de caridad. 2. En asumir lo que somos, sin salirnos de nuestra propia historia, asumir. 3. Es posibilidad de amar al otro en relación de redención. 4. Es servir y entregar, es donación de sí al otro. 5. Seguir el ejemplo de Cristo, que se abaja y nos mira con misericordia y en su bondad acoge lo que eres. 6. Es la posibilidad y una opción para ser dichosos. 

En alguna ocasión, recuerdo, como el Papa Francisco invitaba a la santidad, citando ejemplos desde la cotidianidad de los que realizamos, salir a un parque, cine, con amigos, en el trabajo, etc. Y es muy certera la invitación, porque se cree que la santidad es estar todo el día en un templo rezando, o tal vez, que solo tienen oportunidad los sacerdotes y religiosas que están en los conventos y misiones, pero no es así, esta es una invitación para todos, es un opción de vida: “sean santos como yo, el Señor, soy Santo”, es decir, desde nuestra cotidianidad podemos hacer el bien siempre, buscar la justicia, compartir con el otro, amar y servir, dejar de lado esa mirada y actitud de juzgar y señalar, de criticar y refunfuñar, terminar con ese distanciamiento con el otro y con Dios, buscar relaciones de perdón y misericordia, buscar intimidad con Dios por medio de la oración. Hoy somos invitados a la Santidad, ¿aceptas el reto?