En los productos que consumimos, encontramos que estos tienen una fecha de caducidad, es decir, una fecha de vencimiento, así se afirma que un producto no es bueno y es peligroso consumirlo después de la fecha que se tiene establecida, los almacenes no pueden por ley y seguridad de los consumidores, seguir en la distribución y la venta, cuando el producto está vencido, pero un día descubrí algo sin fecha de caducidad. En uno de mis últimos viajes a mi tierra, el Valle de Cauca, una tierra llena de grandes creaciones de Dios, tuve la oportunidad en la Ciudad de Cali visitar el Cerro de las Cruces, camino y visita que no sabría que me sería revelado cada paso que iba dando en el transcurso del camino para llegar a casa de nuevo. Las disposiciones que debe tener la persona para ir a un lugar con estos serían: llegar en horas de la mañana, su vestimenta debe ser apropiada y cómoda, llevar para hidratarse, cubrirse del sol e ir en compañía. Esta es una de las experiencias más bellas de la vida. Poder desde la propia cotidianidad contemplar una parte de las maravillas que Dios ha creado con amor para el hombre, una morada, una casa, bien la llamará el papa Francisco, nuestra casa común. 

Al llegar a la cima del cerro descansé, esperaba un encuentro de amor, durante el recorrido le había pedido mucho por el camino a Dios, poder comprender el misterio de la cruz, cruz que veía mientras subía. Por ello, presentí la llegada de un nuevo amor a mi vida, por varios días había soñado un momento así, cómo cuando sueño el momento definitivo de ver su mirada y rendirme en el brillo de la santidad de Dios y ocultarme de mi pecado y mi debilidad. Ahora, frente a la cruz veo al amor hecho cruz y si, le encontré al final de una pendiente, es mi bandera, mi luz, mi Dios, mi todo, era el amor sin fecha de caducidad. Me rendí ante gran misterio, en mi corazón estaba el espacio del amor que me faltaba, te encontré mi Dios crucificado, hecho amor para todos en una cruz. No sé qué fue lo que pude haber hecho, para merecer tan gran amor. No sé si yo te encontré o si tú te dejaste encontrar por mí. Pero, sé que cuando miro la cruz y solo puedo agradecer que tanto amor me ha salvado. 

Contemplando aquella cruz que se eleva por el cielo, pienso en todo lo que das por la humanidad, una humanidad que solo te sigue dando desprecios y soledad. ¿Es necesario amar tanto? ¿Por qué hacerlo si solo tus frutos serán de soledad y silencio? Silencio que se escuchó cuando expiraste en la cruz del Gólgota. Creo que, como yo, en diversas ocasiones puedes y sientes que lo has dado todo y solo te queda en tu interior un silencio profundo y estremecedor, como de media noche, que se rompe con el sonar de los árboles. ¿Cómo puedes quedar solo cuando lo das todo? En aquella tarde de la cruz de Jesús, hasta el propio cielo solo guarda un poco de silencio ante tan imponente Cruz salvadora. Creo que las palabras de Pedro en el monte Tavor, son pronunciadas desde lo profundo de mi corazón, ¡Qué bien se está aquí! (Mateo 17,4). Con un Fuerte deseo de recostar mi cabeza junto a su pecho, tal como Juan, y descansar, descansar del camino, del mundo que nos deja golpeados, por la desilusión, el pecado, la enfermedad, la debilidad y el odio. En tu cruz descubrí el amor sin fecha de caducidad. 

Mirar esa cruz me hizo recordar mi propia soledad, soledad que encuentro cada noche al llegar a mi habitación y al cerrar la puerta y no sentir nada más que un corazón latir, esperando para amar y para entregar más. Creo que en ese momento comprendí el verdadero amor, el que es capaz de dar sin nada a cambio, el amor que te saca lágrimas y sonrisas. El verdadero amor es el que se da sin esperar nada a cambio, pero es aquel que jamás se cansa de dar sin medida para que otros amen y sean felices. Pienso que la cruz está asociada un poco a la soledad, pero es curioso, porque en la soledad de la cruz sufres y amas junto con Jesús, él sabe de dolor y de amor. ¿Cómo pudiste fijar tu mirada de amor en nosotros? ¿Por qué nos salvaste? ¿Por qué en una cruz? ¿Por qué sufrir tanto? Y al contemplar esa cruz, solo obtuve una respuesta, por amor, y te imagino desde allí sonriendo con una mirada profunda de amor, la misma mirada que me perdona, aún en mis más profundas debilidades; esa misma mirada que llevo a perdonar a una mujer adultera (Juan 8, 1-11), curar a un ciego de nacimiento (Juan 9,1-41), al amar y acoger aquella mujer samaritana (Juan 4), al darle de comer a toda una multitud (Juan 6), llamar a un hombre pecador (Lucas 19, 1-10) y mucho más, perdonar en tu cruz a un ladrón (Lucas 23,42). Aquí es donde sé que la misericordia de Dios no se agota y no es para unos pocos, es para todos y la podemos recibir con un corazón humilde y sincero, reconociendo su obra de amor para el mundo, bien lo expreso el Salmista: “¡Dad gracias a Yahveh, porque es bueno, porque es eterno su amor! Dad gracias al Dios de los dioses, porque es eterno su amor; dad gracias al Señor de los señores, porque es eterno su amor” (Salmo 136, 1-3). Este es el amor sin fecha de caducidad, es el amor de aquel que te sigue amando hasta el final.