Hace algunos días recibí varios mensajes, uno de ellos notificaba la muerte de uno de mis formadores en el seminario, su nombre era Hernando Gallón y otro de mis compañeros de curso, José Luis Quintero, ese día puedo decir que mi corazón se entristeció, pues eran de gran aprecio para mí, aunque la distancia nos había alejado mucho, siempre los recordaba con gran cariño y con felicidad, siempre me mostraron que la respuesta a Dios debía ser en recta intención, honesta, con felicidad y perseverancia. Por esos días, fui recibiendo noticias de diferentes muertes de personas que conocía, no sabía cómo asumir ello, tampoco cómo sentirme y mucho menos, qué hacer frente a la realidad de la muerte. Como cristiano, tomé un momento para cerrar mis ojos y orar por cada uno de ellos y por sus familias. Y como ellos, sé que muchos más han partido de esta vida por circunstancias inexplicables, puede que sean tus familiares, amigos, vecinos, conocidos, no lo sé, pero lo que si tengo con certeza en mi pensamiento, es que muchas veces no sabemos asumir el dolor frente a la muerte y la desolación de la perdida de un ser querido.

Recuerdo, que una de la ultimas veces que me encontré con el Padre Hernando fue durante una visita al Valle del Cauca, sus palabras fueron de aliento seguido de una abrazo y apretón de manos: “hermano, no olvides sonreír aun en el momento más oscuro, pues la vida sigue, sigue junto a Dios”, creo que es una de las cosas que más conservo en mi mente y que puede ser una de las respuestas a ti que sufres hoy la pérdida de un ser querido y no sabes cómo asumirlo, no sabes que decir, pero si puedo asegurarte que la vida sigue, sigue para ti que estás ahora aquí y tienes que luchar y continuar por seguir viviendo en felicidad y calmar tu dolor. También, sigue para aquellos que partieron porque ahora están de la mano del Señor en una vida eterna, están junto a Dios. Puedo decir con certeza, las mismas palabras del Padre Hernando, en los momentos más oscuros de la vida, tienes que saber que la vida sigue, que es una sola, que aunque venga la oscuridad de la muerte, Dios la tomará para nacer de nuevo junto a él por siempre.

Este es un buen momento para pensar en asumir toda la realidad desde el amor, desde lo que es vital y esperanzador, lo que es la vida, no desde el dolor y la oscuridad, porque podemos perder el horizonte de lo que somos y lo que queremos construir. El sentido de la muerte va más allá de un suceso biológico, ella nos recuerda nuestra finitud y debilidad, nuestras pequeñez y fragilidad, nos lleva a desmontarnos del orgullo y la soberbia y recordar que esta vida que tenemos ahora es para vivirla a plenitud, para actuar con confianza y fe, esperando en Dios que es nuestra vida y nuestra fuerza, él es nuestra resurrección, porque fuimos creados para la eternidad. Muchas veces no entendemos por qué tenemos que morir, y no te culpo, porque nos cuesta soltar y dejar afectos, sentimientos, personas, cosas, recuerdos, lugares, etc. Pero puedo decirte, que Dios nos regaló ansias de eternidad, es decir, buscamos seguir la vida, porque fuimos creados desde ella, fuimos puestos en la vida para vivir, la muerte es el paso definitivo de encuentro con Dios para la eternidad, bien lo afirmaba San Alberto Hurtado: “esta vida se nos ha dado para buscar al Señor, la muerte para hallarlo y la eternidad para poseerlo”. Aprovecha este momento que tienes para hacer de tu dolor frente a la muerte, una oportunidad para la vida a plenitud, para que te hagas consciente que nada puede separarte del amor que Dios que tiene preparado para nosotros sus hijos, que quiere que desde ahora vivamos en felicidad, y también, no olvides asumir el dolor con amor, repite constantemente las palabras del Salmista: “el Señor es mi luz y mi salvación, el Señor es la defensa de mi vida… Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida”. Mi oración contigo y los tuyos.