Recuerdo que mi profesor de Liturgia en el Seminario Mayor, nos preguntaba constantemente ¿Dónde está Dios? Con este interrogante siempre iniciaba sus clases. En medio de nuestras respuestas y buscar acertar en ella, se disgustaba porque no respondíamos de una manera adecuada. Y este mismo interrogante, es el que podemos hacer en muchos momentos de nuestra vida ¿Dónde está Dios? Dónde está en momentos de sufrimiento y dolor, dónde está cuando no comprendemos la vida, Dónde está cunado nos enfrentamos a la muerte de un familiar o un amigo, dónde está cuando padecemos una enfermedad, dónde está cuando hay tantas personas pasando hambre, ¿Dónde está Dios? Dónde está aquel Dios que eligió a un hombre llamado Abraham y le prometió tierra y descendencia, dónde está el Dios que nombró a un hombre príncipe de Egipto, dónde está aquel Dios que sacó a un pueblo de la esclavitud de un Faraón con grandes signos y prodigios, el mismo que alimento  su  pueblo en el desierto, aquel que dio la tierra de la promesa para que habitara su pueblo, el que dio un rey según su corazón para gobernar al pueblo, el que envió profetas a anunciar salvación y la llegada de un nuevo reino, dónde está el Dios que envío a su hijo unigénito para salvar a la humanidad y rescatarla del pecado, que resucitó a su hijo y destruyó la muerte, ¿Dónde está Dios? El Dios que cada domingo es anunciado desde un púlpito por sacerdotes y consagrados, el Dios que desde siempre había escuchado entre mi familia que estaría en todo momento con su creación, el Dios que es anunciado y pregonado por las calles, el Dios de los pobres y los afligidos ¿Dónde está Dios?

La respuesta siempre fue sencilla y difícil de comprender, al final de semestre, recuerdo que nuestro sacerdote formador tomó nuestros exámenes y mirándonos nos dijo: “en la cruz, sufriendo y entregándose una vez más por amor junto a ti”. Creo que inmediatamente recordé a San Agustín: “hermosura tan antigua, yo que te buscaba fuera y tu estabas dentro de mí”. En muchos momentos nos malgastamos la vida y renegamos hasta de Dios por no sentir su presencia o por pedir explicaciones detalladas de la vida, de las circunstancias, de nuestras propias decisiones no muy correctas, de nuestra debilidad y pecado, de nuestra falta de amor y misericordia. ¿Dónde está Dios? Está aquí, lee contigo, más cerca de la que crees, porque siempre ha permanecido fiel junto a ti. En algunos momentos somos nosotros lo que decidimos alejarnos y olvidarnos de su obra en el mundo. Dios sigue amando, amándote hasta el fin, sin límites y sin fecha de caducidad. Dice una canción: “No busques a Cristo en lo alto, ni lo busque en la oscuridad, muy dentro de ti en tu corazón puedes adorar a tu Señor”.

Tal vez no pueda responder y explicar lo que hoy tienes que pasar, pero si puedo asegurarte una cosa, si en vez de preguntar por la existencia de Dios, te pones en camino a luchar y vencer, a amar y servir, poniendo toda tu confianza en el Señor y dejar que él sea tu escudo y bastón, porque el dolor no es para siempre, el amor si lo es. No puedes quedarte estancado esperando respuestas, tienes que seguir buscando y encontrarás la luz del amor que se entrega y se dona por ti, porque aun cuando estás solo, cuando todos te rechazan, cuando lloras en el silencio de la habitación, cuando esperas una caricia, un abrazo o una palabra de aliento, el Señor te la dará, porque él está cerca de ti y de tu vida, el Señor camina junto a ti y te ama desde el amor de una cruz redentora.

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