Un día mientras caminaba escuché hablar de Jesús, un Jesús que parecía un superhéroe, tal como muchos de los cuentos que había leído cuando era niño. Al comienzo, pensaba en la idea de Jesús como una historia de un hombre que supo hacer lo correcto delante de Dios durante su estancia en la tierra. La realidad que vivía en mi cotidianidad, entre el colegio, la familia, el trabajo, etc, me hacían reconocer que era una historia distante de la mía y en medio de mis dolores y dificultades me sentía totalmente solo, sin con quien contar. Me sentía como aquellos hombres, que eran discípulos de Jesús, que se devuelven a casa porque la esperanza que habían puesto en su Mesías, había muerto con él en una cruz (cf. Lc. 24,13-14).

Caminar en el sin sentido de la vida es muy común en muchos hombres y mujeres del día de hoy, las dificultades suelen oscurecer el camino de fe que tenemos. Pero, es en medio de ello, que el mismo Jesús se acerca a conversar y acompañarnos, escucha las angustias y desesperanzas de la vida, pero, aun así, sigue amando sin medida a un hombre o una mujer que faltos de fe han perdido el camino. Nos cegamos tanto por el mundo y las penas, que oscurecemos todo a nuestro alrededor, oscurecemos hasta la obra de Dios en nuestra vida, no le vemos actuar, ni mucho menos acompañarnos en nuestro largo caminar.

En muchos momentos de nuestra vida decimos conocer a Jesús, pero es distante a nuestros planes, distante de nuestro corazón, tal vez solo le honramos de Palabra y no movidos por el amor. Pienso en tantos momentos que nos queda tan difícil reconocerlo en los pobres, en los hermanos, reconocer su presencia en la propia vida y su manifestación en el mundo y en los demás. El reconocer a Jesús y su presencia es importante en la vida del cristiano, pues es allí, donde todo adquiere un nuevo sentido y una nueva perspectiva de vida; Jesús cambia el camino de los hombres, Jesús camina vivo entre nosotros.

No puedes seguir siendo el mismo cuando te encuentras con Cristo, no puedes seguir inclinado al hombre carnal, no puedes continuar tu vida como la llevas, Cristo da un nuevo sentido, nos resucita totalmente, en cuerpo y alma, restablece lo que estaba perdido. Pero, esta gracia no se guarda para sí, es llevaba como testimonio al mundo, ser testigo de Cristo es la invitación que nos hace el encuentro con Jesús resucitado y del encuentro personal con el Señor, que creamos en su presencia en el mundo y su obra en nuestra propia vida.

No te puedes quedar solo en el encuentro, que es hermoso, tu corazón debe arder también en el deseo de llevar la buena nueva a los hermanos, para que también acepten a Cristo, se encuentren con él. Hablar de él por tu camino, vincularte cada día a la Iglesia que, como madre y maestra, nos enseña y nos guarda en su protección. No se concibe a un cristiano en soledad, el cristiano se complementa con su comunidad, no para generar diferencia, sino para hacerse uno con todos y para todos, tal cual lo hizo Jesús. ¿Quién es el más importante entre todos? Es Jesús, aquel que Dios constituyó Jefe y Señor de todo, tal cual lo expresa el apóstol Pablo: “todo fue creado por él y para él,  todo se mantiene en él, él también es la cabeza del cuerpo de la Iglesia, es el primero en todo (Cf, Col 1,18). Antes de mirar a un hermano como menos, debes sentir la necesidad de reconocerle como hijo de Dios en igualdad.

No puedes seguir siendo de la multitud de cristianos que solo dejan pasar el tiempo en pensamientos y propuestas superficiales, que solo buscan de Dios cuando están solos o en tiempos de muerte, porque es allí donde se genera la desilusión y la desesperanza de perderlo. En los tiempos de prueba y batalla, debes sentir a Dios mucho más cerca de ti, porque pelea a tu favor, porque crees y porque esperas en sus promesas. Nunca olvides que sus promesas son reales y las realiza en su tiempo de perfección, que no estás solo, Dios está en ti, en tu corazón, búscalo y lo hallarás. Su presencia es real, el man está vivo. Recuerda que ninguna felicidad es mejor dada que por el Señor “que te amó y se entregó por ti” (Cf. Gal 2,20) y resucita glorioso para darte vida a plenitud.