Cuando estaba en el seminario, los días martes en la tarde nos reunían por comunidades o grupos y reflexionábamos en alguna de las conferencias de San Vicente de Paul a sus hermanos, en algunos momentos, no puedo negar que se volvía monótono y un poco tedioso, pero la mayaría de veces que escuchaba o leí las palabras de Vicente me conmovía mucho. Siempre me quedó el eco de un día que hablábamos sobre cómo Vicente buscaba la manera de ayudar a los pobres, sustentarlos, darles de comer, pero más importante que no fueran olvidados, que los hermanos de comunidad y las personas practicaran una caridad diligente, que se pudiera borrar la indiferencia, el desprecio y el odio por los pobres y los enfermos. No sé si te has preguntado en algún momento ¿Cómo ayudar al que necesita? ¿Cómo saber si realmente necesita? ¿Cómo practicar una caridad diligente? ¿Cómo no ser indiferente? 

La indiferencia es una actitud que se ha ido apoderando de nuestra vida, un estado de ánimo donde no se siente inclinación o desprecio, sencillamente no hay interés por nada ni por nadie, solo se siente ansiedad de una realización plena y personal sin importar qué pueda pasar con el que está al lado. Ojalá todos tuviéramos un corazón grande, que se pudiera donar al que lo necesita, pero lastimosamente mientras crecen los pobres y necesitados, nuestra indiferencia y egoísmo también, pues no nos interesa el que sufre, el que pasa necesidad, el que te necesita. 

Si por un momento pudieras detenerte ante el mundo y pudieras ver lo que realmente está pasando, que salieras de la burbuja de donde estás, de tu comodidad, también, que salieras de tu dificultad y mires el mundo, y cómo la humanidad acaba con los valores y el egoísmo e individualismo crece como un virus dentro de su corazón y se marchita poco a poco la persona y la sociedad; mira a tu alrededor y mira al pobre y al necesitado, está muy cerca de ti, es un familiar, una amigo, un vecino que necesita de tu corazón generoso, del amor y el servicio. Hoy muchos necesitan de ti, necesitan tus manos para ser ayudados y abrazados, necesitan tu corazón para que los ames y los acojas, porque el mundo los ha rechazado, necesitan tus pies, que les enseñen a caminar por nuevos horizontes, necesitan tu voz que los aliente y los anima a seguir, aun en medio de las dificultades y el sin sentido de la vida, necesitan tu mente que les pueda ayudar a pensar en nuevas alternativas de vida y proyectos, tus ojos que reflejan esperanza y valentía. Hoy muchas te necesitan a ti, los pobres te necesitan.

Todos los días camino a mi trabajo, es un trayecto muy corto, pero puedo ver a muchas personas que necesitan, en momentos ese camino y sendero de aquellos árboles verdes y florecidos, se vuelve una oración, porque miro al cielo y pido por aquellos que están perdiendo la esperanza en su vida, porque su mirada lo dice, o simplemente su cabeza con la mirada en el piso, con un signo de derrota o de angustia, claman por alguien que les ayude. Un día, una niña de tan solo unos tres años conmovió mi corazón, con su ropa un poco sucia y su mirada tierna, al estirar su mano hacia mí, no sé qué esperaba aquella niña, yo solo miré a sus padres que estaban junto a ella, le doy la mano y le digo: “todo estará bien”, mientras me sonríe, miro a sus padres y veo su mirada de auxilio y esperanza; no tenía aquel día para compartirles mucho, pero algo de lo que tenía les brindé aquella mañana, mientras mis ojos se aguaban de tristeza, miré al cielo y solo le pedí a Dios: “ayúdalos por mí”. Ahora, cada mañana que paso por allí, aquella niña solo sonríe y veo a sus padres trabajando en un puesto de arreglo de bicicletas, esperando ganarse algo para su día. Ellos me recuerdan que siempre hay alguien que necesita de nuestra ayuda, solo necesitan un corazón, un corazón generoso que se compadezca y que les ame, necesitan tu corazón.