En la Biblia, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, se nos dice: “y recibirán la fuerza de lo alto y serán mis testigos, aquí en Jerusalén, en Samaria, Judea y en todos los confines de la tierra” (1,8). Este es uno de los versículos que más me motivan a evangelizar, anunciar un mensaje que no me pertenece, pero es interesante como Dios nos toma y nos hace testigos, realmente, verdaderos testigos de su presencia y su amor, frente a un mundo que ha olvidado a Dios, que niega su presencia y rechaza su mensaje.  

Tal vez, cuando escuchas la palabra “testigo”, como yo, piensas en alguien que seguramente vió, vivió algo sorprendente o muy importante y que luego va y lo comparte con otras personas. Dios quería que su mensaje de amor a la humanidad se conociera, por eso, desde el comienzo elige a unas personas dentro del pueblo para hacerlas “testigos”, embajadores de su reino, personas que pudieran representarlo, pero algo importante, es que para que estos testigos fueran auténticos, les permitió experimentar su presencia, su amor, bondad, poder y misericordia. Uno de ellos fue Moisés, Dios levanta este testigo principal dentro del pueblo y le hace experimentar su existencia y su poder, se encuentra con Dios en un monte, ve y siente, cuando regresa da testimonio de lo que experimentó en el aquel monte llamado Horeb, es elegido como testigo para sacar al pueblo de la esclavitud de Egipto. Así, el testigo no solo es aquel que ve y siente y luego anuncia, sino aquel que al evidenciar y vivir el suceso, tiene una misión en sus manos; a Moisés le correspondió acompañar al pueblo por el desierto en su caminar hacia la tierra de la promesa. Y de esta manera, Dios suscita muchos más, para que, conociéndole, abrieran sus ojos y reconocieran su presencia en medio de todos; al final, envía a su propio Hijo, a Jesús, como testigo de un amor que no tiene límites, como aquel testigo mayor que viene a mostrar un reino que es de misericordia, salvación y redención para la humanidad, y las personas que estaban a su lado, sus discípulos, son testigos de sus obras; a Jesús lo mataron, murió en una cruz, por ser testigo de un reino de amor y justicia, pero resucitó, y sus amigos lo ven y lo reconocen, pero a ellos les hacía falta algo para ser verdaderos y valerosos testigos, la Fuerza lo Alto; aquella presencia que sacara a fuera todo miedo y temor, les diera valentía para anunciar la buena nueva de Dios. 

Recibir la fuerza de la alto, es acoger la ayuda que viene de Dios, una ayuda manifestada en la persona del Espíritu Santo, aquel que Jesús llamó “defensor y ayudador”, sino el mensaje y las acciones que son anunciados se vuelven débiles y superficiales, la fuerza de lo alto viene a iluminar el camino del bien, el camino hacia el cielo, a dar la sabiduría que necesita el hombre para comprender el mensaje que Dios envía a la humanidad, es el que nos hace testigos del amor hasta el extremo.  

¿De qué eres testigo hoy? En muchas nos convertimos en portadores de malas y dolorosas noticias, porque nuestras obras muestran oscuridad, odio y venganza, en ocasiones somos portadores no de vida, sino de chismes y comentarios mal intencionados, llenos de prejuicios que solo buscan herir y dividir.  Este no puede ser el testigo que quiere Dios, se necesita de aquellos que sean capaz de dar la vida como el maestro, que anuncie en autenticidad y valentía el reino que es amor y justicia para todos, donde la misericordia no se agota. Hoy somos los primeros que criticamos, señalamos, comentamos, juzgamos, queriendo anunciar un Dios que es bondad y amor, pero no soy capaz de vivirlo y experimentarlo, de allí que el ejercicio de ser un testigo de Dios, se agote en las obras, porque no hay fe, porque no hay encuentro, porque anunciamos por tradición y no por convicción, porque anunciamos a un Dios que es distante y no cercano, a un Dios que fue historia y ayudador para un pueblo lejano. El testigo que ha vivido el encuentro personal con Dios está llamado a anunciar la experiencia del resucitado, la vivencia con un Dios que aún sigue caminando con nosotros para llevarnos a la tierra de la promesa, al cielo. No puedes ser un testigo falso, lleno de miedo y prejuicios, tienes que abrir el corazón al amor que baja del cielo en la persona del Espíritu, se posa sobre nosotros y nos capacita para ir a dar testimonio de la buena noticia de Dios. 

¿Dónde eres testigo? Haciendo una interpretación de la cita bíblica de Hechos, se puede decir claramente, que primero, es ahí donde tú estás, tu Jerusalén, tu ciudad de paz, tu familia, la Iglesia; pero también, en tu Judea, es decir, tus alrededores, las calles, aquellos caminos que recorres y estás por recorrer, tu trabajo, tus vecinos, tu barrio o localidad; y hay más camino, Samaria, anunciar a aquellos que han sido olvidados y rechazados, los pobres, los marginados, los que no cuentan para algunos; y por último, en todos los confines de la tierra, es decir, que el mensaje que Dios pone hoy en tus manos debes llevarlo valeroso a todos, porque debes ser un testigo ocular de su presencia en el mundo, testigo porque vives el amor y la compasión, testigo porque experimentas y vives la presencia de Dios, no por una tradición recibida o una historia contada, es porque experimentas la presencia y el encuentro con un Dios que es Padre, Salvador  y santificador. 

¿Cómo ser un testigo? Camina junto al Dios que vive en medio de su pueblo, pide valentía y fortaleza, porque muchos no aceptarán el mensaje, no solo anuncia con palabras, recuerda que las obras van unidas a la fe, que no sigas siendo un cristiano de tradición sino por convicción de encuentro y experiencia con Jesús, que reconozcas que llevas un mensaje, no porque seas la persona más capacitada, ni buena onda de todos, es porque Dios se fijó en tu debilidad y pecado, y desde allí, te capacitó para que seas testigo con tu vida de la misericordia de Dios, convéncete de que eres embajador, que llevas no tu mensaje sino el del cielo; así realmente lo serás.