“Cada uno dé según lo que decidió personalmente, y no de mala gana o la fuerza, pues Dios ama al que da con alegría y también es poderoso Dios para colmarlos de toda clase de beneficios, para que nunca les falte nada y puedan con lo que les sobra cooperar en cualquier obra buena”  (2 Corintios 9,7-8) 

En distintos momentos personas se han acercado y me comentan cómo han tratado de entender, por qué dando todo su sentir y ayudando, nunca ven reflejado en devolución eso mismo o mejor de lo que dan. Por esta razón, quiero hablar sobre la generosidad, porque es una virtud que va más allá de un simple dar y recibir, relacionada estrechamente con la caridad, es el hábito de dar y entender a los demás. En algunas circunstancias creemos que estamos actuando en generosidad, pero puede que no sea así, convertimos el acto generoso en dar cosas, pero es más, porque es el amor el que nos debe mover a dar y darnos sin medida, dar el tiempo, la alegría, un gran abrazo, una palabra de consuelo, brindar una gran sonrisa, elevar una oración. 

¿Prácticas en tu vida la generosidad? Porque es aquella que es capaz de sobrepasar la obligación y el cumplimiento, es una experiencia de libertad y entrega, porque si se hace esperando algo a cambio o pensando en la recompensa se convierte en una mercancía, en un acto comercial o simple trueque. La generosidad nos lleva a desprendernos, a compartir de lo que tenemos, bien lo expresa la biblia: “hay más alegría en dar que recibir” (Hechos 20,35). 

Nos cuenta el Evangelio de Juan que una vez mucha gente seguía a Jesús, lo acompañaban a todas partes, y llega un momento que pregunta a uno de sus discípulos, a Felipe: ¿Dónde compraremos panes para que coman todos ellos? Los estaba probando, porque él sabía lo que iba a realizar. Felipe afirma que no alcanzaría ni el sueldo de un año. Andrés, otros de sus discípulos, le dice: aquí hay un muchacho que solamente tiene cinco panes y dos peces, pero ¿Qué es eso para tanta gente? Jesús enseguida toma los panes y los peces, ora y los multiplica, después lo reparten y todos quedan saciados y hasta sobra y lo recolectan en canastas. Este milagro de la multiplicación de los panes y los peces es el milagro en la generosidad, porque Jesús toma lo poco de aquel muchacho y lo multiplica para todos, es decir, el milagro se realiza y empieza desde el momento que aquel muchacho decide dar todo lo que tenía, era muy poco, sí, pero cuando se dio y se entregó, alcanzó para todos. Tal vez, si aquel muchacho se hubiera reservado lo que tenía no hubiera existido la multiplicación o también, ocurrido de una manera diferente. Pero, tu y yo somos aquel muchacho, que tenemos panes y peces, tal vez muy poco, pero cuando damos, alcanza para todos. Puedo imaginar la alegría de aquel muchacho que entregó todo y con ello, Jesús completó la obra. Por esta razón, puedo afirmar, que el milagro en la generosidad no se da en lo poco que damos, es en todo lo que damos y entregamos, porque se da de lo que se tiene, no de lo que nos sobra, nos hemos acostumbrado a actuar de esa manera, damos de lo que nos sobra, pues nos cuesta dar de lo que tenemos.

Nuestras obras de generosidad deben contener lo mismo que significan los panes y los peces en la Biblia, primero, alimento para compartir, y segundo, alimento abundante, es decir, que en nuestro obrar cotidiano, debemos dar a nuestros hermanos de lo que tenemos, aquello, con la cual, podemos ayudar a quién lo necesita y no dar poco o de lo que nos sobra, sino a darlo todo, porque allí se realizará el gran milagro en la generosidad, que puede ser tiempo, espacio, un consejo, dinero, o trabajo del gasto para otros, sin la recompensa deseada y consumada. Nunca puedes olvidar que para que se de el milagro en la generosidad, debes amar sin esperar.