“Honra a tu padre y a tu madre, Que es el primer mandamiento con promesa; Para que te vaya bien, y tengas largar vida sobre la tierra”. (Efesios 6,2-3)

Desde los trabajos más sencillos como la carpintería, Jesús, tuvo un gran padre, uno que supo luchar por él en todo momento, entregó su vida y sus sueños desde el silencio de su corazón. En su casa no había grandes riquezas, ni joyas, ni mucho menos lujos, no vivían en grandes palacios, pero puedo imaginar a San José, feliz por servir, y a un Jesús, que aprendió a darlo todo en dedicación y valorando con amor esos pequeños gestos que su padre reflejó. Recuerdo, que desde muy pequeño mi papá me llevaba a su lugar de trabajo, era un taller de madera, una carpintería, siempre me causaba impresión ver cómo un trozo de madera tosco, oscuro, deforme, podría convertirse en algo hermoso como una silla o un mueble, una mesa o un simple cajón. Mi papá era y es experto en ello, y aunque no pude compartir muchos momentos con él cuando era niño, si puedo hablar de esos bonitos momentos cuando me enseñó que de lo malo, de algo tosco y sin forma, se puede formar algo grande. Con su seriedad y preocupación por trabajar y darnos algunas cosas, no se percataba que quería seguir sus pasos de convertirme en el hombre que trabajando pudiera salir adelante, que con luchas y esfuerzos se podía alcanzar lo soñado. Había momentos, que no quería verlo o escucharlo, pero él allí estaba, pensativo en el sofá de la sala frente al televisor, mientras que verificaba que cumpliera con mis obligaciones del colegio. Y siempre que se equivocaba o cometía algún error, llegaba a casa a pedir perdón, no entendía el por qué teníamos que hacerlo.

Por un tiempo creí, que nada había podido brindarme aquel hombre sencillo, pensativo, de cejas arrugadas, autoritario, silencioso, que espera muchas más cosas de mí. Tal vez, en ese momento no supe comprender que él necesitaba comprensión y amor, un abrazo, o simplemente necesitaba que alguien tomara su vida, como él mismo tomaba la madera y la convertía en algo especial. Pero, un día todo cambio, supe que este hombre, era también el portador de la vida, era quien con amor había esperado por mucho tiempo tener un hijo varón, con el cual pudiera identificarse. Pues uno de esos hijos fui yo. Hoy lo digo con mucho amor y alegría. Tal vez, mi padre no haya sido el más perfecto, pero si puedo asegurar que fue el que Dios puso en vida, para enseñarme y corregirme, para vivir de manera sobria y valorar lo que se tenía, para ser un gran profesional y luchar por mis sueños, para comprender que siempre se puede ser mejor cada día.

Hoy quiero resaltar la figura del padre como aquel hombre amoroso, un hombre de Dios, que busca donarse y entregarse a sus hijos para sonreír con ellos en cada momento de felicidad, y angustiarse en el momento del dolor. Aquel que es capaz, de tener paciencia una y otra vez, para recordarnos que está presente, aun en la distancia, que nos levanta en sus brazos y nos enseña la fuerza y la lucha de la vida, que nos bendice y ora por cada uno de sus hijos. Gracias papá, porque eres el regalo que cada uno tenemos, eres el hombre valeroso, a veces terco, pero sonriente, preocupado, pero fuerte y luchador. Hoy oro por ti y pido a Dios que sigas siendo un hombre justo y generoso, que por intercesión de San José, tu vida sea en bendición para nosotros tus hijos y toda la familia. Te quiero Papá.