Siempre nos han dicho que somos diferentes y que somos seres únicos, pero hay algo que nos une como personas y una cosa de ellas, es que en alguna oportunidad hemos sido agredidos y ofendidos por alguien, han cometido tal vez injusticias y nos hacen tanto daño, que empieza a nacer en nosotros semillas de rencor que terminan creciendo poco a poco y se convierten en odio y desprecio por la persona. Con ello, se cree que los más justo es desearle lo peor o esperar que le vaya mal en la vida y se empiezan a lanzar argumentos y justificaciones del sentimiento propio de odio y la incapacidad de retirar el dolor que se tiene. Es real, en muchas ocasiones nos cuesta mucho el perdón, sanar el corazón del dolor y la amargura por lo que nos hicieron pasar, en momentos solo nos queda un sentimiento: la venganza, sentimiento acompañado de angustia, intranquilidad, desenfreno, y odio.  Pero, ¿Cómo perdonar después de recibir tanto daño?  

El perdón puede parecer imposible, pues perdonar duele, pero no hacerlo te destruye, te mata, te hace convertir en una persona que no eres, empieza a germinar estados de amargura e intranquilidad, privándote de la felicidad y la paz. Aquí es donde podemos hablar del perdón como una medicina antinatural, porque en algunos momentos se sale de lo que somos y lo que sentimos, porque es un ejercicio del corazón, una actividad de liberación, y que, en algunos momentos, es algo inexplicable. Sin el perdón hay sentires de encarcelamiento, donde no se avanza, la persona se siente preso de sí.  

En una conferencia una persona me preguntaba abiertamente, que si tenía que escoger entre todas las cualidades y atributos de Dios, cual podría elegir, pensé la pregunta por unos minutos, podría decir que era amor, porque así lo define el apóstol Juan en su carta, o también, que es misericordia, porque así nos lo reveló el mismo Jesús, o solamente, todopoderoso, como aquel que todo lo puede, el Dios de los imposibles, como se dice coloquialmente. Pero, al seguir pensado en aquel atributo que expresara a Dios y su corazón, pensé en los momentos y encuentros que tenía Jesús con las personas, los sanaba, los libera, los abrazaba, los amaba, les daba de comer, pero, ante todo, siempre los perdonaba. El perdón expresa el mayor atributo de Dios, pues te acepta tal cual eres, y por muchos que sean los errores cometidos, te abraza junto a su corazón. Por esta razón, si te quieres parecer a Jesús, solamente debes perdonar, te pareces a él cuando lo haces y cuando eres capaz de aceptar, abrazar y amar a quien te hizo mucho daño. Las enseñanzas de Jesús frente al perdón y a quien nos hace daño fue: “amar, orar y bendecir”, actos que nos cuestan, pero que no son imposibles. Perdonar duele, a Jesús lo llevo al dolor de la cruz, valió toda su vida y costó toda su sangre; Jesús lo hace para perdonar lo que eres, para mostrar que el amor puede vencer el odio y que el perdón te la felicidad y que es la oportunidad para encontrar el corazón de Dios. 

¿Cuántas veces tengo que perdonar? Fue la pregunta que le hizo Pedro a Jesús, la respuesta de Pedro parecía generosa: “siete veces”, por su parte Jesús le enseña a dar todo en el perdón: “setenta veces siete”, porque no hay límite para el perdón. El perdón requiere una deuda y es una locura, pero a Jesús le llevó a la locura de una cruz, pagando con su propia vida para nuestro perdón. Por eso líbrate para ser liberado, no tiene sentido que sigas destruyendo tu vida, que crees que el veneno que tomas en venganza y de odio le hará daño a la otra persona, no, te lo hace a ti mismo, así que suelta. No te pido que olvides, porque es imposible, creo que no se puede, solo que recuerdes sin dolor y rencores. Así, tengo que decirte que perdonar es recordar la cruz, que alguien ya perdonó tu pecado y tú estás en la tarea de hacer lo mismo, y si sientes que no puedes, has lo mismo que Jesús, mira al cielo, no a tus ofensores y di: “Dios mío, perdónales…” tu corazón será liberado y te darás cuenta que no tomaste un veneno, que tomaste una medicina antinatural: el perdón.