En la Biblia está la historia de un hombre llamado Job, que lo tenía todo, tenía grandes bendiciones, pero un día, todo ello lo perdió, su familia, sus bienes, sus amigos y su salud, el mal creía que iba a renegar de Dios por ello, pues era un hombre que aceptaba y se abandonaba a la voluntad de Dios, todo ello sintetizado en una frase: “el Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el Señor por siempre”. Esta es la oración de un corazón confiado que sabe esperar en las promesas de Dios, que acepta su debilidad y pequeñez, que sabe que somos hechos de barro, sumergidos en la contingencia de los seres de la naturaleza, y porque supo confiar y esperar siempre, Dios le retribuye a Job grandemente bendiciones. Esta historia de Job, la cual quiero invitarte a leer en la Sagrada Escritura, puede ser la mía o la tuya, que tenemos que pasar por el dolor y la enfermedad, por la angustia de perder muchas cosas cada día, donde no ves el horizonte de tu vida y no tiene sentido tu existencia.  

Sé que pasar por la enfermedad no es sencillo, se padecen algunos dolores fuertes o pequeños, se vive en la soledad de una habitación, donde solo una luz te acompaña, donde personas, entre familiares, amigos, doctores o enfermeras, pasan y te quieren animar, pero tu corazón siente que no puede luchar, porque ya está cansado y tu cuerpo siente que no puede más. Tal vez, no tenga las palabras exactas para decirte que confíes como Job, pero si puedo asegurarte, si esperas en el Señor, que es tu fortaleza, tu bandera y escudo, te ayudará, aun en los más profundos dolores que vives y debes soportar. Cree porque Dios pasa sanando en este momento tu alma y corazón, te abraza y te consuela, seca las lágrimas y venda las heridas de tu dolor, él pasa sanando la vida, lo hace tal como hizo con aquellos hombres y mujeres en su paso por el mundo, viene y pasa por tu vida, no lo dejes ir de largo, dile desde tu corazón como aquel hombre de la Biblia: “Señor, si quieres puedes sanarme”, “Señor no te quedes lejos, ven pronto a socorrerme”, “Una palabra tuya bastará para sanarme”, “Acuérdate de mí”, “Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Dios recibe tu oración y la hace sanación para tu cuerpo y para tu alma, ten fe y cree con el corazón, que, así como Dios ha ayudado a tantos hombres y mujeres, te ayudará a ti, porque nunca abandona a sus hijos, abandónate a su amor, tal como lo hizo Jesús en la cruz, ofrece esos dolores y angustias por la salvación. Recuerda las palabras de San Agustín: “el Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”.