Hace pocos días leía en la Biblia la historia de Samuel, un hombre que era juez y profeta del pueblo de Israel, Dios le dice que unja al nuevo rey de Israel, a David; pero la historia es más interesante, cuando Samuel llega a casa de David, este estaba pastoreando las ovejas y Samuel conversa con el Padre y van llamando a cada uno de sus hijos, del mayor al menor. Samuel veía al hermano mayor y veía a un hombre capacitado para ejercer el reinado dentro del pueblo, pero Dios le dijo a Samuel: “el hombre ve las apariencias, y Dios ve el corazón”. El hombre elegido y ungido como rey aquel día, fue un hombre, el menor de todos, David, rubio, de buen aspecto, de buena presencia. Por lo general, nos acostumbramos a ver las apariencias de los que están en nuestro lado y olvidamos ver desde el corazón, nos pasa lo mismo de Samuel, olvidamos el accionar del amor en la historia, que no mira las apariencias, sino el sentir y el obrar del corazón por medio del amor. 

La expresión del amor verdadero debe verse desde el corazón, un corazón que se apasiona y que ama hasta el extremo, es el amor que da la vida, porque el amor, no es solo un sentimiento de apego, un amor eros, o aquel amor de familia, el amor es más, el amor es entrega, generosidad, perdón, compresión. Por esta razón, es que, en algunas circunstancias de la vida, debemos mirar desde el corazón, el corazón que es vida y bendición, el corazón que es el amor.  

La importancia del corazón como uno de los mayores tesoros que tenemos, constantemente es entregado a personas que no valoran lo que tienes, solo se aprovechan de lo que brindas, en diversas ocasiones, he encontrado personas que se acercan para contarme que le han dado su corazón y amor a personas que le arrebataron todo lo que tenían, sí, su corazón, su mayor tesoro, todo su sentir, sus pasiones, su propia vida, y lo que les quedó fue un alma y un cuerpo casi sin vida, donde las ilusiones, los sueños, el futuro y el sentido de la existencia se pierde. Ten mucho cuidado a quién das tu corazón, porque puede que la otra persona te esté empobreciendo en tus pasiones y sueños y enriqueciéndose interesadamente con ellos, con tus bonitos sentimientos. Tu corazón debe ser dado, sí, pero haciendo que tu riqueza se reproduzca, tal como lo menciona San Ignacio de Loyola: “el amor se pone más en las obras que en la palabra”, no es aquel que se acaba en cosas pasajeras y superficiales. 

La invitación es para que revises tu corazón, ese tesoro que tienes y que te fijes muy bien cómo lo tienes hoy, a quién das tu riqueza, si sientes que es un corazón vacío y superficial, que se quedó con las apariencias, porque dimos el corazón a quien no debía, medido en pasiones pasajeras y no rentables a nuestra vida. Otras personas, por el contrario, solo cuentan que su corazón está hecho pedazos porque diferentes situaciones de la vida les dio caos y oscuridad, haciendo que su corazón se rompiera en pedazos, pero hay alguien quien puede vendar y sanar cada herida de él, porque él ve el corazón. Deja ungir tu corazón, para que sea sano, fuerte y valiente, para que ame y vea, no las apariencias, sino que mira el corazón y el sentir de los hombres y de Dios y sin miedo entrega y sé generoso en amor al quien lo necesita.